BUSCAR LUGARES DE ENCUENTRO CON DIOS
Christian Herwartz - Buscar lugares de encuentro con dios
Jean Lecuit SJ - Cinco compañeros de la Provincia han hecho 'Ejercicios en la calle'
Christianne Wiesner - Hallar el centro en el margen
Hna. Klara María Breuer - "Berlín me descalzó"
Hna. Petra Bigge - Por las calles de Nuremberg
Verra Rüttimann - Reglas de vida
Jean Lecuit SJ - La Palabra se hizo carne
Modeste Modekamba - Querido Christian
Kirsten Dietrich Conversación con Christian Herwartz
Sebastian Watzek - Christian Herwartz - "Descalzos - Ejercicios en la calle"
Christian Herwartz, SJ "Descalzos - Ejercicios en la calle"
Christian Herwartz, SJ "Descalzos - Ejercicios en la calle"
Editoriale SAL TERRAE Santander 2007 ISBN: 978-84-293-1692-6 Despósito Legal: BI-253-07
Christian Herwartz - Comunidad junto al camino
Der Artikel von Jean Lecuit SJ ist zu finden unter
_http://www.jesuitasaragon.es/revistajesuitas/jesuitas85.pdf_ Seitenzahl: págs 18-19
BUSCAR LUGARES DE ENCUENTRO CON DIOS
Kreuzberg es un barrio de Berlín. Por su vida nocturna, Kreuzberg es un lugar atrayente pero también temido. Aquí viven gentes de las más diversas naciones. Muchas se encuentran sin permiso de residencia, es decir sin documentación válida. Drogodependientes y personas sin domicilio se ven por doquier, así como policías que andan a la búsqueda de clandestinos. Pero Kreuzberg es también un barrio predilecto de los artistas, que a comienzos del siglo XX era de las áreas más densas de población de Europa. Y Kreuzberg sigue siendo una jungla urbana, un variopinto y turbulento hormiguero de pobres.
Desde hace más de veinte años vivimos aquí los jesuitas en una pequeña comunidad, y, naturalmente, tenemos contacto con los distintos grupos de la ciudad: preferentemente con personas que no pertenecen a la buena sociedad, es decir con encarcelados, gentes sin techo, drogadictos. Con algunos de ellos compartimos una vivienda de alquiler que data del siglo 19. En este tipo de vivienda se dan cita gentes procedentes de las más varias culturas. La necesidad les impulsó a llamar a la puerta de nuestra casa en busca de hospitalidad. Cuando experimentan una acogida fraterna, aparece lentamente su dignidad, oculta por las muchas dificultades con que han tenido que luchar. Para nosotros, jesuitas, estas personas se convierten en maestras y maestros de la dignidad humana: nos sentimos acogidos con nuestros puntos flacos o fuertes e incitados a una convivencia más allá de concurrencias o envidias.
Nuestros maestros y maestras son personas que sufren con frecuencia la injusticia y se ven marginados por la sociedad dominante. En el trato con ellos, nos damos cuenta de los prejuicios con respecto a otras culturas y religiones que prevalecen no sólo en la sociedad sino también en nostros mismos. La pregunta de cuánto ama Dios a estas personas inicialmente extrañas a nosotros, se convierte en la clave de nuestro encuentro con Dios. Dios se las arregla para encontrar el camino que le lleva a cada hombre y mujer. El mismo nos invita a acompañarle en ese camino.
La acogida de otras personas pone en movimiento la propia relación con nosotros mismos y sana nuestra psicología. A veces nos quedamos sin palabra y debemos comenzar nuevamente a escuchar y comprender. Es un itinerario contemplativo en el que se pone a prueba la solidez de nuestra unión con Dios que sigue buscándonos como a hambrientos, sedientos, enfermos e impedidos. En estas gentes pobres es Dios relegado al último puesto de la sociedad. En cuanto cristianos aprendemos a prestar oídos al silencio de Dios en medio de nuestro tumulto de intereses. Entonces nos hacemos más ardientes seguidores de Dios y nos acercamos más a él. Para ello debemos despojarnos de nuestras pretensiones de poder, de sabiduría, de comodidad y así acoger la invitación a la unión y amistad con Dios y con sus criaturas.
También Moisés se despojó de su calzado al pisar el suelo sagrado en que Dios le llamó para el servicio de su pueblo. Y sagrada es toda tierra en que Dios sale a nuestro encuentro. Si eso ha de ocurrir en un zarzal impenetrable o en figura de un mendigo sin hogar, no somos nosotros los que lo decidimos. Pero ?hay algo más hermoso que captar la invitación de Dios a la vida y aceptarla en el acto?
Un día una persona llamó a nuestra puerta pidiendo hacer los ejercicios en nuestra comunidad. Hubo vacilaciones: ninguno de nosotros había acompañado aún en los ejercicios a nadie y, además, nuestra vivienda era un continuo movimiento de gentes que iban y venían. El persistió en su petición. Los Ejercicios Espirituales en nuestra compañía fueron para él un momento importante de clarificación para su vida ulterior. Otros ejercitantes hicieron parecida experiencia en compañía nuestra. Esos momentos fueron también fructuosos para nuestra comunidad.
Los Ejercitantes habían ya encontrado lugares y modos de vida muy distintos en la ciudad para meditar y hacer oración. En la búsqueda de esos lugares aprendieron a prestar oídos a la voz interior y a dejarse guiar. Cada persona siente angustia en determinados recintos. Más de uno no se atreve a acercarse a una reunión de drogadictos sino con precaución, o se mantienen distantes. Después de respirar hondo y observar el terreno, comienza a acostumbrarse al teatro de operaciones de los Ejercicios y de la plegaria, diría S. Ignacio. ?Qué busca él aquí? ?Qué es lo que desea? - Su ansiedad sigue, pero comienza a tranquilizarse y se interesa por lo que ve y porque se siente interpelado por Dios. Esto viene por sorpresa. Si siente una moción en su corazón deberá volver sobre lo mismo o paladeará lo que ha sentido de otro modo, p. ej. a través de una historia bíblica. Así irán madurando los frutos de la meditación.
No siempre se siente el ejercitante directamente interpelado. Pero tampoco es una excepción. Una señora de cierta edad encontró en un centro de encuentro de drogodependientes su lugar de oración y plegaria y, al cabo de algún tiempo, recibió allí la oferta de matrimonio de un soltero de su misma edad. Al principio, no le gustó la oferta. Pero, a los dos días, descubrió en ella un mensaje de Dios y que aquel hombre le exponía lo que es una vida en común con Dios. Discretamente se encaminó hacia un comedor de pobres para festejar interiormente esa invitación a la comunidad con Dios. Muchas de sus ansiedades obsesivas se le disiparon.
Ignacio de Loyola ilustra sus ejercicios primitivos en Manresa con muchas experiencias parecidas. Luchaba contra sus hábitos primeros, haciendo a veces lo contrario de lo que antes acostumbraba. Los Ejercicios los consideraba como un tiempo de experiencias, al igual que la peregrinación a Jerusalén, la catequesis de los niños por las calles, la visita y cuidado de los enfermos. En estos tiempos del descubrimiento y visita de la Tierra Santa, aprendía Ignacio la solidaridad con los pobres - muchas veces no se distinguía de ellos - y se acrecentaba su deseo de pobreza por Dios.
Cuando un grupo de personas quiso hacer sus ejercicios en Kreuzberg, nos dirigimos a la parroquia. En ella queda vacío en verano un sótano en que dormían en invierno los mendigos. Ahí se acomodaron también nuestros ejercitantes.
Durante los 28 años que duró la división de Berlín, los creyentes de nuestro barrio no pudieron acudir a su parroquia del otro lado del muro. Por eso se hizo una iglesia de emergencia junto al muro, pero Berlín está ya reunificada. Las dos mitades de nuestro barrio con experiencias tan distintas a lo largo de la división de Berlín no acertaban a encontrarse con facilidad. También otras heridas de la división - al igual que las de la guerra y las de la dominación fascista - son aún visibles en muchos sitios.
Junto a otros, también estos lugares que recuerdan la dolorosa historia, se han convertido en lugares sagrados para algunos de los ejercitantes.
Durante los días de convivencia de los Ejercicios Espirituales, todos los ejercitantes, tras la oración en común de la mañana y el desayuno, se dirigían a las plazas tranquilas o ruidosas de la ciudad. Tras las oraciones de la tarde, se mostraban unos a otros y a sus acompañantes los pasajes que más les habían conmovido y los comentaban entre sí. Nosotros anotábamos esos pasajes y pronto se convirtieron esas anotaciones en un grueso tomo.
Un ejemplo: una señora buscó para sus meditaciones un lugar junto a una prisión de desplazadas. Allí permaneció largo tiempo imaginando los modos de vivir de las mujeres internadas tras los muros. Por diversos motivos, habían huido de sus países de origen. Ahora esperaban el momento de su expulsión del país. Durante la dictadura nazi, muchas personas hubieron de huir de Alemania. ?Ya hemos aprendido algo de aquella triste historia? ?Somos verdaderamente hospitalarios? Muchas cuestiones revolvió aquella mujer en su corazón. Al cabo de algún tiempo, comenzó a preguntar a los que pasaban junto a la prisión: ?Qué siente usted al pasar por aquí? Cuando oía las airadas y humillantes respuestas racistas, sintió pena por las prisioneras y por su propia ignorancia de tanta desgracia. Las prisioneras con sus vidas y las leyes descarnadas del Estado nunca le habían venido a la cabeza.
A partir de ahora, quería visitar a las prisioneras. Cuando una mujer salió de aquel centro, le siguió y habló con ella. Era asesora espiritual. Le dio algunos nombres de detenidas a las que visitó el día siguiente. Entonces comprobó como se comportaban los vigilantes con las detenidas. Sólo podía ver y hablar con las detenidas a través de un cristal perforado.
Encontró a una mujer que fue separada de su marido y de su hijo de ocho años en Berlín y que ahora debía ser expulsada. Al niño se le dijo que su madre estaba de vacaciones. El marido también va a ser expulsado a otro país. No es raro que jóvenes de dieciséis años, sin familia, sean devueltos a su país de origen aunque no conozcan la lengua de su país.
La visitante se encuentra ante su realidad y la de la prisionera. Las mujeres pueden hablarse con brevedad. Para ella es una gracia hablar con esta detenida. Quiere volver al día siguiente. Después de la visita se dirige a una iglesia coronada por una gran cruz sobre el altar y se deja llevar en su oración por los sentimientos de la visita. Luego, se sienta junto a ella un niño pequeño con su hermana mayor. El pequeño señala a la gran imagen de Cristo y dice: "Está vivo? La hermana explica el material de que está hecha la imagen, pero el niño insiste: "Está vivo?. Finalmente el niño se vuelve a la mujer que está en oración y le pregunta: "?Está vivo?". Ella, tras la experiencia del día, contesta: "Sí, está vivo?.
Los ejercicios prosiguen con el acompañamiento de esta prisionera de un lejano país y de ese niño. Su corazón rebosa agradecimiento por el llamamiento de Dios. La pregunta acuciante es ahora: "?cómo puedo responder a esa llamada?". Quizá mantendrá correspondencia con la detenida y, a la vuelta de sus ejercicios en Berlín, hará visitas a la prisión de su ciudad natal. Ha comenzado una vez más la sed de la palabra de Dios.
Ahora ya - especialmente después de los ejercicios - empieza a hacerse sentir la angustia de que el estilo de vida elaborado interiormente empieza a traslucirse. Quizá empiezan a evitarle los antiguos amigos, como ocurría con las gentes de la prisión. ?Está decidida de veras, por encima de prejuicios sociales y culturales, a convertirse en una peregrina de Dios, aunque eso le sea ocasión de ironías y desprecios?
Volvamos nuevamente al comienzo de los Ejercicios Espirituales. Ignacio de Loyola, basándose en su propia experiencia, comienza los Ejercicios con la consideración del Principio y Fundamento. Invita a dar gracias por el don de la vida y a decir SI a ser hijo o hija de Dios. Todo hombre deberá en esa ascensión recurrir a otras experiencias y poner su vida de fe en conexión con otras invocaciones de Dios. ?Qué advocaciones están a disposición del individuo, si quiere, él o ella, decir sí dentro de su limitación a veces alta y dolorosamente sentida?
No sólo al comienzo de los Ejercicios, sino al comienzo de cada etapa hay en el libro de los ejercicios una contemplación fundamental: la del Rey temporal, la de la Ultima Cena y la contemplación de la Resurrección en casa de María. Y, para la vida ulterior y para las circunstancias futuras más varias encontramos una consideración fundamental en el libro de los Ejercicios: la Contemplación para alcanzar amor.
En estas contemplaciones fundamentales se resumen las principales dimensiones vitales. A ellas podemos volver una y otra vez y tomar nuevas fuerzas para arrancar. Eso es lo que hace la Contemplación para alcanzar amor haciendo de nosotros perpetuos peregrinos que buscan a Dios allí donde nos espera.
Para nosotros, jesuitas de Kreuzberg, el trabajo manual en solidaridad con nuestras y nuestros colegas, es un lugar privilegiado de descubrir a Dios donde él se encuentra y en que podemos redescubrir la dignidad de muchas personas. Es este un lugar privilegiado de aprendizaje de humildad y de lucha. En cualquier dificultad podemos recurrir al "Fundamento de la mutua solidaridad" y recordar nuestra ansia básica de un mundo más justo.
A través de Jesús nos sentimos invitados por Dios. Podemos ser sus huéspedes y también invitar y hospedar. Nuestros huéspedes se convierten muchas veces en asesores nuestros. Los discípulos de Emaús tuvieron esa sensación cuando su huésped procedió a partir el pan. También nosotros volvemos a encontrar el fundamento de nuestra fe, cuando compartimos el pan con nuestros colegas de trabajo en las polvorientas naves de la fábrica o con mendigos errantes en las aceras de la ciudad.
En nuestra vida diaria percibimos muchos tiempos espirituales, que S. Ignacio llamaba experiencias. En todos ellos, como en los ejercicios, se plantea sin reservas la cuestión de la voluntad de Dios, el abandono de actitudes de poder, es decir el hacerse pobre ante Dios. En esta plenitud de vida podemos comunicar el hambre de lo divino a hombres marginados, indigentes y despreciados y ser sus compañeros en el camino hacia Dios.
Christian Herwartz, S.J.
traducción de Vicente Gamarra, S.J.
JESUITAS 2002, Rom Setiembre 2001, 108 - 112
Cinco compañeros de la Provincia han hecho "Ejercicios en la calle"
"Descálzate, porque el suelo que pisas es sagrado" (Ex 3,5)
Un día Moisés observa durante su trabajo un fenómeno extraordinario: una zarza arde sin quemarse. La curiosidad le impulsa a acercarse y se ve entonces requerido a descalzarse, pues el terreno que pisa es "suelo sagrado".
Christian Herwartz, jesuita de Berlín, sacerdote obrero sin trabajo que vive en Kreuzberg, un barrio postergado de la ciudad, junto con su comunidad (son tres), comparte su vida y su vivienda con una docena de personas de la calle. Un día alguien le pidió poder hacer Ejercicios en su comunidad. El relato de esta aventura figura en el Anuario de la Compañía 2002.
Algunos compañeros del apostolado social de nuestra Provincia, que conocen a Chrsitian de tiempo atrás, le pidieron que les acompañase en sus Ejercicios en Bruselas en julio de 2003 de la misma forma que lo hace en Alemania.
¿Cuál es la zarza ardiendo en la vida de cada uno de nosotros?
San Ignacio nos invita a dejar el ámbito habitual de nuestras actividades, para salir al encuentro de la llamada que Dios nos dirige a nosotros. ¿Dónde encontrar nuestra zarza ardiendo en el corazón de nuestra vida, pero fuera de las limitaciones de nuestras actividades?
Christian nos propuso salir por las calles. Como escribe en su artículo, nos invitó a prestar atención a la voz interior y dejarnos conducir por ella. Cada persona es tentada de angustia en determinados lugares. Y así por ejemplo muchos sólo pueden aproximarse lentamente a una reunión de drogadictos o incluso se sienten forzados a mantenerse a distancia. Cuando uno puede cobrar aliento y logra permanecer, comienza a desatarse el calzado y dejarlo a un lado. Ignacio diría que se elabora así una "composición de lugar" para la meditación y la plegaria.
Ese lugar es distinto para cada uno; hacen falta a veces dos o tres días de vagar por la ciudad para llegar primero a encontrar ese lugar que de repente intranquiliza y atrae, y luego desde la distancia o tras una huída destarse las sandalias y quedarse, para volverse vulnerable, como Moisés, a la escucha de aquél que es, que conoce la angustia de su pueblo en dificultad. Para uno fue el Petit Château (albergue); para otro sucesivamente las casas número 127 y 127 dpdo. (concentración carcelaria de refugiados en el aeropuerto) durante una prolongada caminata a lo largo de la calle Haecht, después por el paseo de Dixmude (la espera de trabajo sumergido) con hombres y mujeres de Europa oriental y de Africa que, como en la parábola de "los trabajadores de la viña", aguardan en el sitio hasta que para un coche a ofrecerles trabajo. Para un tercero a su vez los encuentros con gente de la calle en el casco histórico. Otros dos encontraron un banco, el uno en el parque, el otro en el asentamiento Hellemans en las Marolles, donde hubieron de esperar, observar y escuchar.
Al atardecer nos juntábamos con Christian y Jacques Enjalbert, un escolar francés que había hecho el año anterior los Ejercicios en la calle en Berlín-Kreuzberg, para celebrar la eucaristía. Tras la cena conclusiva compartíamos unos con otros con detalle las vivencias del día.
Cada cual participa por tanto de la impotencia del otro para compartir algo de cómo se encuentra a un lado u otro de un muro o de una reja (en las casas 127 y 127 dpdo., en el Petit Château), cómo barrunta la impotencia de Jesús en la cruz, que no puede sino estar ahí, presente en el padecimiento y en los anhelos más íntimos y sagrados de quienes le rodean. Cada cual participa de la bulliciosa amistad de los polacos emigrados con quienes sientan junto a ellos en un banco con las latas de cerveza del supermercado, o de la acogida amistosa y el juego bien participado junto con esas gentes de la calle que regañan con humor a los que pasan, o también de la oración de la brasileña negra, que también carece de techo sobre su cabeza y tiene ansia de leer la Biblia. Los miedos de quienes están en el Petit Château a la espera de trabajo, de quienes son controlados por la ronda policial, su fuga consternada se vuleve la de todos: "Yo conozco vuestros miedos"; la convicción de muchos de ellos, musulmanes o cristianos, de que Dios está entre nosotros y acude siempre a nuestra búsqueda. La vida fracasada de una mujer de modesta condición, que se quiere relajar en un banco y que cuenta su sufrimiento a aquél de nosotros "que no la conoce a ella" y "a quien ella no conoce"; al día siguiente la vida de otra mujer del mismo ambiente y que ha escogido el celibato para estar disponible para los suyos, y muchos proyectos para el futuro en el corazón de todos. "El que medita no siempre es movido". Hablamos así juntos también sobre la perplejidad, sobre el lugar que busca el orante sin encontrarlo aún, o también por ejemplo sobre la meditación de los hombres y mujeres que sin vacilar caminan arriba y abajo entre las calles Blaes y Haute, sobre los gestos de amistad o de ayuda mutua, sobre los niños que juegan.
Christian, pero también cualquier otro miembro del grupo, reflexiona en este intercambio con sumo cuidado lo que capta de la experiencia ajena, proponiéndole para el siguiente día dar un paso, meditar un texto de la escritura que ayude a madurar los frutos de su oración.
El regalo del camino de las indagaciones se convierte con el correr del tiempo en entrega a aquél que es, y las sandalias se van desatando trozo a trozo, para que el corazón se abra a los requerimientos y cuestiones que nos dirigen quienes nos ven llegar a su vida. –"¿Qué haces?" –"Busco a Dios." –"¿Aquí?" o: "Suenas como un cura". –"Lo soy". Y a veces surgen largos diálogos sobre Dios y su sitio en nuestra vida. La tan olvidada vida interior de una ciudad comienza así a volverse parte de nuestra propia carne y a hacerse una silenciosa plegaria: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre, así ha sido de tu agrado" (Lc 10,21). ¿No se muestra aquí el misterio de la comunión entre el Padre y el Hijo? ¿No expresa Jesús en esta plegaria que él vive en su humanidad su intimidad con el Padre en comunión con la inteligencia de las cosas que más importan a los hombres, en particular a los "sin voz" (éste es el sentido literal del griego "nepioi", que se suele traducir por "pequeñuelos"? En verdad "Dios está en este lugar y yo no lo sabía" (Gen 28,16).
¿Qué hacer tras el largo camino de Jerusalén a Emaús, donde se abre el "sentido de la Escritura" tras el reconocimiento en los hermanos (Mt 25,40), sino desandar el camino en sentido contrario? Allí escuchan a los hermanosque permanecían en Jerusalén decirles: "Es verdad". Verdaderamente ha resucitado y se ha aparecido a Simón. Y ellos "les contaron "cómo le habían reconocido". Y "seguían contando cuando él mismo se presentó en medio" (cf. Lc 24,33-36).
Finalizamos juntos estos ocho días en el Poverello (un comedor de necesitados) en la calle Verte, para escuchar quién vive allí y para contar lo que hemos vivido. Hemos probado a encontrarnos allí conpersonas excluidas socialmente, con ellas y también con Jesús, y "donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).
Al terminar nuestro último encuentro vespertino en la calle de la Poste, 132, donde hemos ocupado dos habitaciones (con cocina), una donde todos (salvo dos) hemos dormido en el suelo y la otra para comer y para encontrarnos a comienzo y final del día, percibíamos que habíamos vivido una experiencia que nos recordaba a la de los primeros compañeros. Uno de nosotros dijo: "En el fondo lo que hemos vivido no debe ser tan diferente de lo que los primeros compañeros pudieron vivir cuando se alojaban en casas abandonadas de Venecia".
Tras el verano buscaremos medios de trasmitir este regalo a los demás compañeros,si es posible a partir del próximo año, con una nueva edición de los "Ejercicios en la calle".
Jean Lecuit SJ
Publicado en las Noticias de la Provincia belga meridional, sept.2003
Hallar el centro en el margen
Ejercicios en la calle
Estamos sentados en torno al Cristo de la iglesia de S.Miguel, en Berlín-Kreuzberg, que me produce un efecto tan desolado. En el centro hemos puesto símbolos de los 10 días de Ejercicios, ya a punto de concluir: una cajetilla volcada, dos manos llenas de basura callejera, un marrón entremezclado de todos los colores, un tape de cerveza con corona sobreimpresa, la fianza de dos botellas de cerveza, un adoquín y un mendrugo de grava, un par de manos abiertas (¿vacías?), dos pies desnudos, ansiosos... Nueve participantes y cuatro acompañantes: tan divers@s como nosotr@s son esos intentos de captar el yo propio en el encuentro con otros en Berlín, en Kreuzberg. Lleno de simbolismo se ha vuelto también el banco, allí en la plaza Oranien, donde se sentaban quienes acaso se dejaron esa cajetilla o ese tape. O la insolente inscripción en esta casa ocupada, no lejos de la estación del Este: la frontera no discurre entre los pueblos, sino entre los de arriba y los de abajo...
Márgenes, fronteras y pasarelas
Estar en camino. ¿Me recorro las calles como si hubiera perdido algo? ¿O como un perro errabundo? ¿O existe una certidumbre de que en el fondo de mi vagar hay un camino, que tiene una meta? Los lugares se presentan, a menudo con el simple ir. No tengo por qué buscarlos convulsivamente. Pero no faltan decisiones, si no no sigo adelante. A veces justamente no hay término medio, no hay tercera vía. Los semáforos. Detención y movimiento. Pararse. A menudo ningún "verde", sino "rojo", pararse. Mi anhelo de cambio está unido muchas veces a la angustia ante el cambio.
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¿Qué lugares son donde yo me pueda "abrir"? La apertura implica volverse vulnerable. Tantas veces ninguna sensibilidad por los límites del encuentro, o una indolencia para preservarlos, para no traspasarlos importunamente. Y sin embargo, o precisamente por ello, debo y quiero permanecer vulnerable, porque allí donde algo está endurecido, no puede crecer nada. "Amor" está escrito bien grande en la pared de una casa.
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La "estancia del silencio" en la Charité. Definimos enfermedad según nuestro criterio de salud, no al revés. Quizá por ello hay una concepción tan restringida de lo "normal". Espacio para despedirse. Por los corredores de un blanco estéril salgo afuera. Las personal ante el hospital están tranquilas, algunas marcadas por el sufrimiento. La Iglesia-Memorial no la siento como un ámbito de meditación y silencio. En su interior queda para mí demasiado poco preservado de esa dolorosa diferencia de afuera.
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Plaza Straussberger. 17 de junio. Paseo Stalin. Calles imponentes, poco verde, mucha RDA aún entre los bloques de edificios. Utopía de la igualdad, que desembocó en una equiparación y nivelación de las contradicciones y diferencias. "Unidad": el término más empleado en la RDA. Todo lo distinto, decadente, surrealista, se percibía como amenaza, que podía socavar la unidad, siendo por ello prohibido. Una armonía producida artificialmente, que no podía ni quería sostener contrastes y conflictos ni sacar vida de ello. Asiáticos en lugar de turcos. Ningún individualismo tan marcado habla desde los rostros. (...) "El país en que nací, no se halla ya en este mundo...", canta Hans-Eckhardt Wenzel. La tierra de nadie junto al muro de antaño. En Rumania me toman por europea occidental, en Austria claramente como alemana y yo misma me sigo definiendo, dentro y fuera de Alemania, como alemana oriental.
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Aún me llama poderosamente la atención la diferencia entre este y oeste en los distritos de esta ciudad. Resulta diferente andar por Prenzlauer Berg o por Kreuzberg. Y sin embargo hoy la frontera discurre mucho menos entre este y oeste, que entre arriba y abajo...
Juntos – implicados
En las escaleras de una estación de metro, un joven mendigo. Pide un poco de calderilla o un bono usado. Con toda naturalidad paso por delante de él, introduzco el dinero requerido en la máquina de billetes, y vacilo. Torpemente vuelvo atrás y le pregunto, un poco formalmente, por qué está ahí sentado y para qué quiere el dinero. Interés, un auténtico interés, no puedo provocarlo a voluntad; se da o no. Lo mismo ocurre con la amistad, y sobre todo con el amor. Son un regalo, no un propósito o un plan.
Entramos en conversación. Me pregunta por qué he vuelto atrás, a qué me dedico. Busco a "Dios" en los encuentros por la calle, fuera de los muros de las iglesias, respondo titubeando, sorprendida de que pueda responder algo a su pregunta. Eso es algo "totalmente desquiciado", opina repetidamente, y me mira entre admirado y sonriente.
Por la mañana estoy muy indecisa sobre la dirección que debía tomar ese día. No tenía claros ni el camino ni la meta y tampoco resultaban, como en los días anteriores, del simple ir yendo. Hubiera preferido preguntar a alguien por el camino, el camino que yo debería andar.
Ahora puedo preguntarle a este joven: ¿Qué lugares son para ti tan significativos que me mandarías allí? ¿Adónde he de ir? A él no le resulta la pregunta tan peculiar como yo había sospechado, sino que se lo piensa mucho antes de responder. Si puedo soportar algo bien duro, debería ir al servicio de urgencia para drogadictos en la plaza Wittenberg. Un lugar bonito para él sería el parque Treptower. Dos lugares que representarían las dos distintas caras de su vida. Nos despedimos, pero en realidad me sigue acompañando, es una especie de "guía", o al menos alguien que me ha dado algo –algo de sí- para el camino.
Ya en la plaza Wittenberg, he de preguntar de nuevo por el camino, recibiendo miradas asombradas, compasivas. Finalmente encuentro el servicio de urgencia. No hay picaporte en la puerta, sino un pomo.Hubiera debido llamar, para entrar. "¿Puedo echar un vistazo por aquí? He hablado con un ‘afectado’..." No he entrado, no quería ser una curiosa con "interés de trabajadora social". En lugar de ello, me siento en el lado opuesto de la calle y me tomo tiempo para observar lo difícil que les resulta a los "afectados" llamar y penetrar ese umbral.
...
Voy hacia el parque Treptower. Sin bolso voy suelta y mi actitud –por el camino finalmente bien ancho- me recuerda la de alguien que dobla la esquina corriendo hacia el buzón. Una sensación hermosa, liberadora. Magníficas alamedas, prados tranquilos en medio de la bulliciosa ciudad. Un lugar tranquilizador: barrunto por qué para mi "acompañante" es un lugar bonito.
...
El edificio de acero en el parque Görlitzer. Parece de lejos como una iglesia inclinada. De cerca me doy cuenta de que si los esfuerzos laterales fueran paralelos, volcaría. Está en pie solamente por la contraposición. ¿Estar contrapuestos es pues un estar referidos?
...
Las reglas regulan a menudo nuestra convivencia, e igualmente a menudo la restringen, cuando no vamos más allá de la reglamentación. Falta entonces la agitación productiva, la vitalidad, sólo posible por las transgresiones de límites o las irregularidades. Los límites y reglas de nuestro grupo de Ejercicios los determinamos en gran parte nosotros mismos. Son de otro tipo que en los Ejercicios en retiro. El reto no está en la interioridad, sino en medio de la vida, en la calle precisamente. Nuestro grupo no consta de quienes toman la iniciativa y quienes la siguen. Nuestra convivencia –desayuno, cena, impulso matutino, celebración y conversación en la velada- funciona, con toda la diversidad que tenemos, fuera de ese modelo mental y conductual. No hay ninguna mentalidad encajonada con sus juicios definitivos y su jerarquía con frecuencia aniquiladora. En el grupo vivimos en el fondo lo mismo que en la calle: salir al encuentro del otro o de la otra, del distinto, en igualdad, entendiendo "igual" en el sentido de "con igual valor" o "con igual derecho", no como supresión de la particularidad, de la diferencia.
Al comienzo de nuestros Ejercicios estaba la historia de Moisés, que oye una voz desde la zarza ardiendo. Sientge curiosidad, se da tiempo y permanece en pie. Escucha. Yo tengo expectativas y representaciones de cómo debería oír esa "voz desde la zarza" y me cuesta aceptar que no ocurra según mis previsiones. Por eso mi símbolo de los Ejercicios es un guijarro, que se ha colado una y otra vez por los caminos de Berlín. No una piedra potente de choque, que me proporcione una sensación de fin de año como un gran propósito al final de estos días, no. Una piedra minúscula, que no llama la atención, que sin embargo a mí pudo obligarme a permanecer en pie, a observar, escuchar, mirar. He debido y querido tomarme tiempo para esta piedra, cuyo roce tanto paso por alto en la cotidianidad, con el que a veces me lastimo los pies, hasta que en algún momento ya no se puede seguir.
Christianne Wiesner
Publicado en JEV-NET (periódico de los voluntarios jesuitas europeos)
"Berlín me descalzó"
La Hna. Klara María Breuer relata sus Ejercicios en la calle
Ejercitar una mirada y una escucha respetuosas: de esto se trataba en estos días de Ejercicios en Berlín, en agosto de 2003. Tres año lleva invitando el grupo "Religios@s contra la exclusión" a hacer Ejercicios en la calle. Llena de interés me aventuré a experimentar que la ciudad, con su vida compulsiva y contradictoria, puede convertirse en un "lugar sagrado" de encuentro con Dios.
El primer día el camino me llevó, con tiempo soleado, a un banco del parque en el barrio de Kreuzberg. No llevo distintivos de religiosa, sino que voy de paisano. Un tiempo después, una mujer turca se sienta a mi lado. Entramos en conversación. "Llevo viviendo aquí 40 años", me cuenta. Su talante amistoso y cálido es un regalo para mí y me hace descalzarme de mis prejuicios.
Descalzarse: esta imagen del encuentro de Moisés con Dios junto a la zarza ardiendo se prolonga como hilo conductor a lo largo de los días. En esta historia Dios se revela en una planta espinosa, en principio poco atractiva. Desde la zarza le llega a Moisés la llamada: "Descálzate, porque el lugar que pisas es suelo sagrado". Christian Herwartz, jesuita, uno de los acompañantes de los Ejercicios en la calle, desarrolló ya desde el primer día esta imagen: "Descalzarse significa no elevarse por encima de los demás, tocar con los pies desnudos la realidad, a menuda tan espinosa, para buscar en ella las propias llagas y moraduras, los anhelos propios y ajenos y el camino hacia una vida colmada".
Un estilo de vida sencillo nos ayuda a aproximarnos estos días a la realidad de grupos marginales. Nuestro albergue nocturno en Kreuzberg se halla en el sótano del centro parroquial de S.Miguel, que durante el invierno está a disposición de gente sin techo. Para la oración personal podemos utilizar el templo parroquial, así como la capilla muuy próxima de las franciscanas de Siessen.Las comidas las tomamos en la sala comunitaria. También nos encontramos allí para la celebración vespertina y para intercambiar las experiencias en grupos pequeños. En esta calurosa semana de verano somos cuatro mujeres y cinco hombres los que participamos en los Ejercicios; hay que añadir nuestros acompañantes, dos jesuitas y dos religiosas. En el primer desayuno juntos están con nosotros otros invitados, por así decirla para pasarnos el "testigo": el monje budista Heinz-Jürgen, un hombre y una mujer, cuentan las experiencias de sus días de meditación. Habían vivido realmente varios días en la calle. Experimentaron el inestimable valor de la comunicación: una mirada, un gesto. Yo lo viviría también los días siguientes.
En el texto de los organizadores invitando a los Ejercicios ponía: "A veces pasarán Uds. También por etapas dolorosas de autoconocimiento". En mi encuentro con la tuurca en el banco del parque, no vislumbro eso todavía. Pero sí cuando visité el comedor benéfico para transeúntes de los franciscanos en el distrito de Pankow, el segundo día de mi estancia en Berlín. Inicialmente m proponía echar una mano, limpiando verdura y pelando fruta. Pero de ese "calzado" fui despojada. "No la necesitamos, tenemos suficiente ayuda", se me dio a entender. Me siento junto a las personas que esperaban el reparto de la comida. Y experimento allí una importante lección más de estos días: ser invitado es un regalo. En términos bíblicos, sólo podemos situarnos en la plaza, mantenernos abiertos y dispuestos Si seremos o no invitados, no es cosa nuestra. Sobre ello nos llamó la atención Christian ya al comienzo de los días de Ejercicios.
En el comedor benéfico recibo al fin una invitación muy concreta. Martha, una mujer de más de 70 años,me llama y me pide que me siente junto a ella. El regalo de este encuentro me va resultndo cada vez más patente. Tras el comedor benéfico me lleva por las diversas estaciones de cada día: la oficina de alojamiento,, el parque ciudadano, la taza de café para ancianos en la misión evangélica. Me franquea así el camino para entrar en contacto con sus amigos y amigas. Al tercer o cuarto día soy casi una "vieja conocida" en el comedor benéfico. Comparto un poco de sus sentimientos y preocupaciones, voy conociendo pulatinamente lo que significa hacer cola en esa fila. Estoy agradecida por la comida caliente el bocadillo. Barrunto: aquí hay un lugar "sagrado".
Otro "lugar sagrado" lo encuentro en la tumba del pastor evangélico Dr. Joachim Ritzkowski. Escribió un libro acerca de la vida con los sin techo. Propiamente quise hablar con él en vida, pero en su iglesia me enteré de su muerte. Por iniciativa suya la comunidad había adquirido un panteón para pobres y sin techo; quiso ser enterrado él mismo allí. Por fin una mujer me condujo allí. Sobre la tumba, recubierta de amapolas y acianos, una inscripción: "Yo vivo y también vosotros viviréis". Así pues este desconocido, por lo poco que de él he sabido, viene a decirme cuán valiosa es mi vida. Y también la de las personas que cada día van al comedor benéfico. Martha, por ejemplo, que durante estos días allí se ha convertido en mi compañera de camino. "Come un poco más", me ofrece compartir conmigo su ensalada de coliflor. Vacilo un poco, pero luego acepto la invitación. Un regalo que me llega al alma.
Hna. Klara María Brauer
Por las calles de Nuremberg
Una tarde, durante mis Ejercicios en la calle en Nuremberg, me fui ante la prisión situada muy próxima a nuestra casa. Vari@s de l@s participantes habían contado ya sobre ella. Yo sólo pretendía mirar, dejarme interpelar por los muros.
Cuando llegué cerca, vi de lejos abierta la puerta de la sala de visitas. Algunas personas estaban sentadas a la sombra de los árboles, buscanso su frescor contra la canícula del verano. Me senté también a la sombra sobre una pequeña tapia y observé el ir y venir. Salían conversando mujeres y hombres, frustrados, excitados, agotados, cansados.
Me llamó la atención un señor de más edad, vestido completamente de blanco. Iba arriba y abajo por delante de la gran puerta: De repente le llamaron dentro. Poco después volvió a salir.
Observé también a muchos funcionarios saliendo y entrando. Cambio de turno. Noche libre bien ganada para algunos, comienzo de servicio para otros. Observaba sus rostros, a dónde iban, en qué coche dejaban el trabajo.
Me planteé entonces acercarme más a la sala de visitas. Cuando me puse en pie, se me acercó el señor todo de blanco y me preguntó a quién esperaba. Respondí: "Busco a Dios".
Dijo él: "Acabo de pagar un fuerte rescate por mi hijo. Espere aún 40 minutos y vendrá. Ud. puede venirse a nuestra casa; manutención y alojamiento gratis; puede trabajar en mi restaurante. Se lo enseñaré todo".
Le dije que tenía libre el día siguiente y al otro. Entoces dijo que era muy poco; que debería quedarme medio año y mirar si estaba a gusto con él.
Sólo cuando lo conté en la comunidad de los combonianos caí en la cuenta de que Dios me había hablado en ese encuentro. Aún me siguen resonando hoy sus palabras en mis oídos: He pagado un fuerte rescate por mi hijo; vendrá dentro de 40 minutos. Al mirar el reloj observé, que 40 minutos más tarde comenzaba nuestra eucaristía.
Él quiere llegar a cada uno de nosotros también en este tiempo de Adviento. También nosotros estos rescatados. Rescatados a precio caro. Hij@s libres de Dios.
Hna. Petra Bigge
Reglas de vida
un tiempo después de los Ejercicios en la calle
- "Descalzarse"
- Suprimir distancias
- Hacerse igual (similar, uno)
- Tomarse tiempo para la aproximación
- Acogida amistosa
Buscar a Dios en la calle
Ejercicios espirituales en el bullicio de la gran ciudad, en lugar de en el retiro de un monasterio. Una idea descabellada. Justamente eso es lo que ofrece un grupo de religios@s contra la exclusión: Ejercicios en la calle.
Berlín-Kreuzberg. Personas de diversas nacionalidades viven juntas en un ámbito reducido, muchas sin papeles legales. El sitio, un crisol, pero también un asilo multicultural. En medio del corazón palpitante de este distrito hay una comunidad de jesuitas. Sus residentes viven directamente encima de la taberna llamada "Puerta del infierno". Alguno de los que han encontrado cobijo en ella, acaba de salir precisamente del infierno: jóvenes sin patria, alcohólicos, transeuntes. "Se han convertido en nuestros maestros espirituales": así es como el jesuita Christian Herwartz describe su experiencia. No hace mucho alguien llamó a su puerta pidiendo poder hacer aquí los Ejercicios. ¿Aquí? Los jesuitas dudaron. El tipo persistió en su deseo, desplazó sin más tardanza sus Ejercicios a la calle y visitóplazas de drogadictos, comedores benéficos y albergues de transeúntes. Herqrtz quedó fascinado de esa manera de hacer los Ejercicios. Desde entonces ofrece incluso en otros países esta forma de ejercitación.
Por una vez, unos Ejercicios distintos
También a Basilea ha llegado un grupo para entrar en esta experiencia en la calle. L@s participantes vienen de Alemania y de Suiza. Son personas abiertas ente otras religiones y mentalidades. Con todo, ni siquiera Helga, una religiosa de Colonia, puede inicialmente imaginarse mucho esos "Ejercicios en la calle". Ejercicios en la ciudad, en medio del estruendo del tráfico y de losflujos humanos, en lugar de en el retiro de un monasterio. Una idea descabellada, pensaban muchos. Por pura curiosidad, sin embargo, se habían apuntado. Son de otra forma que los Ejercicios en silencio. El desafío no está en la interioridad, sino en medio de la vida, en la calle. También el elojamiento en la Pequeña Basilea ha sido elegido a conciencia. Un piso por debajo está el comedor benéfico de Cáritas para el casco viejo.
Christian Herwartz y su compañero de Basilea, el jesuita Christoph Albrecht, que ha preparado muy personalmente los Ejercicios en la calle, ponen en camino a los ejercitantes con la cita bíblica "descálzate". Una imagen tomada de un relato bíblico: Moisés hubo de descalzarse para pisar el suelo sagrado en que Dios le requería al servicio de su pueblo. "Todo suelo es sagrado cuando Dios quiere salir al encuentro del hombre, sea ante una imposible zarza espinosa o ante un mendigo sin hogar", explica Herwartz. "Descalzarse es comenzar, en medio de un mundo de prejuicios, a adentrarse en un no saber, a llenarse de respeto ante las personas, incluso frente a la historia de la propia vida, que habremos de examinar". Quienes participan en los Ejercicios se ponen así en camino con unos interrogantes: ¿Cuáles son los lugares de zarza para mí? ¿Cuáles los temas espinosos, que en la historia de mi vida prefiero rodear, en vez de aproximarme a ellos?
¿Mirones?
Monika se pone en marcha hacia el centro histórico de Basilea. En su mochila ha metido un cepillo de dientes, el pasaporte y la tarjeta de seguros, una navajita y una botella de agua. "Nunca se sabe", dice la muniquesa, que trabaja en su ciudad en la misión asistencial de la estación. Lo que a ide no lleva es un saco de dormir. En un banco junto a una máquina de billetes ve a un joven mendigo. Pide un bono usado. En principio pasa junto a él, introduce en la máquina las monedas requeridas, titubea. Retrocede penosamente y le pregunta por qué está allí. El interés no se puede forzar, pero surge de repente. El joven nota que la mujer no es una mirona con afán de "trabajadora social". Brota una tímida conversación; más tarde le pregunta ella: ¿Qué lugares son para ti tan significativos que me mandarías allí? ¿Adónde he de ir para entender vuestra vida? El joven duda, se lo piensa mucho. Si puede soportarlo, habría de ir a los huecos de hormigón bajo la autopista, donde se refugian niños de la calle.
Rechazada
Cuando Monika visita a los niños sin hogar en sus aireados refugios, percibe un rechazo glacial. Su mirada no recibe respuesta, se pierde en el vacío. Día tras día prosigue yendo a verles, el ambiente sigue siendo adverso. Hasta que uno rompe el silencio y se produce una aproximación precavida. "Para mí es un lugar de zarza ardiendo, que de modo singular me atrae y me horroriza. Barrunto la intimidad de ese ámbito, donde no puedo entrar sin más pisando fuerte", describe Monika sus impresiones. Por vez primera percibe el dolor de sentirse rechazada, pero también el espesor de lo muros en la sociedad, lo que significa para las personas ser expulsadas. "Fueron horas preciosas con ellos, en las que hube de aprender a descalzarme primero y a acercarme lo más de puntillas posible, para no machacar por un torpe interés aún más de lo que ya se está", resume ella su autocrítica.
Con pies desnudos
Al atardecer vuelven l@s participantes al alojamiento y cuentan de sus caminos, sus búsquedas y su lento aproximarse a los lugaron que han experimentado personalmente como importantes, como excitantes. También de las dificultades que han descubierto, las angustias, las zarzas en sus vidas. En Basilea han visitado la oficina del paro, el depósito de bebés o un camposanto para los sin techo. Helga, la de Colonia, ve en estos Ejercicios un impulso para superar los comportamientos personales excluyentes, aun cuando a ello estén ligadas a veces fases dolorosas de conocimiento propio. "Sin embargo la alegría que con ello se experimenta es una luz en medio de la cotidianeidad, que permite vislumbrar perspectivas de futuro". ¿Cómo seguir ahora el día a día? "A ser posible desclazos, con pies desnudos".
Verra Rüttimann
Publicado en el periódico suizo "Sonntag", 12.12.2003
"La Palabra se hizo carne" (Jn 1,14)
Berlín, 6-11 noviembre 2003
En abril de 1991, la Misión Obrera de los jesuitas "del Norte" tuvo su encuentro anual en Berlín, en la comunidad de Kreuzberg. Desde entonces tenía ganas de volver allí para un tiempo más largo. Ahora he tenido ocasión.
Para resumir en pocas palabras mi impresión fundamental: la vivienda de la calle Naunyn es un lugar de humanidad, tan poco aparente, como la Palabra hecha carne desde hace dos mil años (Jn 1,14).
En un barrio de gente pobre, habitado principalmente por turcos, viven tres jesuitas, Christian Herwartz, Franz Keller y Stefan Täubner, encima de un café denominado "La puerta del infierno". Si tocas el timbre de la puerta siguiente con el número 60, te abrirán. En el piso segundo se halla una vivienda en apariencia muy normal, Puedes entrar sin más. Con el curso de las horas y los días te das cuenta de que es un lugar abierto para hombres y mujeres y para todo lo relacionado con su historia. Una historia en muchos casos de sufrimiento y de fracaso. En otros, una oportunidad de dormir compartiendo un dormitorio con siete literas (donde también duerme Christian), sea por una noche o por diez o incluso por dos años, simplemente por el hecho de ser personas. Quien llama a la puerta, es acogido en su verdad, sin condiciones, sea cual fuere su miseria, sus dificultades o el juicio que la sociedad emita sobre él o ella. Tú, que llegas, eres un hermano o hermana, y estás en tu casa. Puede ser alguien cuya vivienda carece de calefacción y electricidad y viene a la mañana o al atardecer para calentarse y charlar un poco. Acaso es una joven aterida y sin trabajo que viene para dibujar y lamentarse de su soledad, o un joven padre de familia, que vive ilegalmente en Berlín y que tras una discusión familiar no sabe qué hacer. O una joven periodista que pretende aproximarse a los que pasan por aquí. Son también 25 niños ucranianos del entorno de Chernobyl, invitados a un mes de vacaciones en Weimar, que aprovechan una breve estancia en Berlín entre dos trenes para venir aquí. Se asombran de las grandes esculturas en la pared del dormitorio. Descubren con Christian la alegría del hombre que sale de la cárcel y vuelve a encontrar a su mujer, o la imagen de Zaqueo, llamado por Jesús, o la misión de Jonás, que es también la de esta casa: trasmitir la alegría del perdón.
La comunidad no está encerrada en sí misma. De ella parten caminos hacia donde verdaderamente se busca a la persona, hacia donde hombres y mujeres trabajan por un modo de vida con relaciones humanas auténticas, pero también por la reconstrucción de lo que quizá esté destruico, por la reconciliación.
Es acaso un "Equipo de Nuestra Señora" que pide ayuda para su anhelo de vivir mejor la pobreza. Sus miembros quieren encontrar lo que en su estilo de vida resulta innecesario; acogen la invitación a abrir su corazón, a estar dispuestos a cualquier encuentro, sobre todo para los que provocan irritación: cuando se trata de personas que en realidad no quisieras ver, en especial los pobres y los excluidos.
Puede ser también una visita amistosa a las Hermanitas de Charles de Foucauld, que están en una vivienda rehabilitada al este de la ciudad, rodeadas de familias, hombres y mujeres sin formación y también sin fondo religioso, a los que encuentran en la escalera o por la calle. Las Hermanitas están ahí clladamente, sin hacerse notar; representan el amor del Padre y del Hijo. En su barrio y en su trabajo viven como Charles de Foucauld en Tamanrasset, una presencia aparentemente inútil, sin frutos visibles. Dentro de pocos días Bärbel, la más joven, pronunciará sus votos.
A la vuelta visitamos a un grupo de seis mujeres jóvenes, en torno a los 30 años, entre ellas dos parejas lesbianas. Una de ellas ha trabajado con pobres varios años en Brasil en una cooperativa; luego se volvió con su compañera brasileña. Como buscaba como salir adelante con sus familiares en esa situación, pidió a Christian unos días de retiro. Una vivienda grande en el piso quinto y sexto de una casa sin ascensor, no tiene fácil comprador. Pero allí ha surgido una comunidad viva. Acompañar a personas así, que sólo pretenden adecuarse a su realidad, sin querer provocar.
El 9 de noviembre, aniversario del incendio de las sinagogas ordenador por Hitler, hay convocada una asmablea conmemorativa de esa tragedia junto al monumento que recuerda ese suceso y la captura de los judíos berlineses de 1940 a 1945. Están presentes tres jesuitas, entre ellos el rector del colegio, amigos evangélicos y católicos, algunos musulmanes junto con los judíos, tres o cuatro centenares de personas que prestan atención al relato del suceso y a la plegaria y explicación de un rabino, que de niño escapó a la masacre. Suenan canciones del tiempo de la expulsión de los judíos españoles en el siglo XVI: "¿Dónde está Dios en esta tragedia?", pregunta. Y prosigue_ "Dios está allí donde alguien llora, dijo durante el holocausto una mujer a su hijo, que logró escapar".
Es domingo del Ramadán, y un imán alemán, que acompaña a un grupo de musulmanes de procedencia alemana, ha invitado a celebrar el final del ayuno a sus amigos de diversas religiones. Cada mes reza junto a ellos por la paz en una conocida plaza de Berlín. Primero un tiempo de oración, depués la comida en común; cada uno cuenta quién es. Hay un pastor de Berlín Este: "Hemos salido de la esclavitud comunista para caer en la del dinero", dice a un hindú y dos jesuitas.
También la parroquia católica, donde las Hermanas de Madre Teresa preparar a mediodía comida caliente para un centenar de personas. En invierno, las gentes de la calle disponen de un recinto en otra sala parroquial donde pasar la noche acostados. Cada miércoles hombres y mujeres muy pobres, marcados por la miseria, las drogas y la enfermedad, se reúnen a orar en una celebración eucarística.
Hay un desempleado que emplea todo su tiempo en embellecer la iglesia de Sto.Tomás, el gran templo protestante, lugar de los recuerdos, las exposiciones y la vida.
Finalmente el encuentro con los vietnamitas de Berlín.
Esta cercanía a todos y todas y en especial a los que más sufren dentro y fuera de la comunidad, se celebra al atardecer de cada martes en la calle Naunyn. Primero se reúnen a tomar algo juntos todos los habitantes de la casa y algunos que se añaden. Luego cada cual está invitado a contar lo que ha vivido de importante esa semana. La cosa va desde alegrarse por tener de nuevo corriente eléctrica en su vivienda hasta el descubrimiento de la ternura de Dios. Uno cuenta sus vivencias durante los Ejercicios en la calle; otro de sus dificultades con la burocracia municipal, su incomprensión y necedad; otro de la alegría mezclada con preocupación que le causa el poder abrir por fin un lugar de refugio para los vietnamitas con problemas. La celebración de la eucaristía concluye el encuentro. Piden a Philippe, recién llegado en la última semana tras ser desahuciado de su casa, que haga la introducción, y nos propone rezar juntos el padrenuestro. Alguien lee el evangelio: esa tarde es el juicio final según Mateo. Nueva conversación. Un hombre muy pobre nos recuerda que ovejas y cabritos no son sólo categorías de personas, sino que se dan también en el interior mismo de cada persona. Presencia real de Cristo, que se da a sí mismo en el pan y en el vino.
En ese momento de la verdad y de la humanidad profunda, se celebra la vida de una comunidad de hombres y mujeres, a los que la vida a veces ha tratado duro, pero que se acogen mutuamente como son en ese preciso momento de su historia. En el corazón de esta comunidad está vivo Jesús como en los primeros tiempos de la Iglesia. Jesús, que hoy nos impulsa a darse a los demás, como él lo hizo en el tiempo de su vida terrestre: un hombre a disposición de todos: de los enfermos, los paralíticos, las prostitutas, del rico publicano Zaqueo, de Nicodemo, que buscaba a Dios, de fariseos y rabinos, soldados y viudas, de todos los excluidos y sufrientes, de los extranjeros samaritanos o sirofenicios. Su presencia fue tal que revitalizó los anhelos más auténticos que constituyen a cada persona, proporcionando confianza en la vida, claridad de visión y de comprensión, capacidad de erguirse o de ponerse en marcha de nuevo hacia la meta de las más hondas exigencias, a pesar de todas las dificultades, sufrimientos y fracasos: "Tu fe te ha salvado".
En la calle Nanyn 60 he vivido algo del modo cómo Jesús es hoy, a menudo en el respeto con que Jesús trataba a quienes eran por él curados y levantados de nuevo. Desde ahí he podido conocer tantos lugares de existencia humana, muchos scondidos, pero muy reales y en muchas situaciones y circunstancias de esta ciudad en apariencia tan rica. Esta manera de vivir en relación fue para mí la forma de acceder a esta ciudad de la memoria y la reconciliación. El Museo Judío, el monumento a los judíos capturados, la iglesia-memorial del emperador Guillermo, el Museo del Check-Point Charlie, las impresionantes obras de arte, el Parlamento, los fragmentos del muro, la conmemoración del 9 de noviembre, de la que he hablado más arriba (en la que no se hizo mención de la caída del muro, cuya aniversario caía en la misma fecha), y otros muchos ámbitos públicos recuerdan con gran simplicidad el sufrimiento de esta ciudad, su voluntad de construir la paz, su esfuerzo por la reconciliación.
En Berlín he soñado a veces. La celebración del martes por la tarde nos reunió a unas diez personas en una sencilla y auténtica vinculación con el misterio de Jesús muerto y resucitado. En la sencillez y utenticidad de esa celebración, Jesús se revela como el Señor y el Cristo vivo, que "reúne a los hijos de Dios dispersos en uno" (Jn 11,52). ¿No es el espíritu que debiera embargar cualquier celebración? Una asamblea de hombres y mujeres, entusiasmados por Jesús, que le reconocen como Crito y Señor, que se alegran de juntarse para escuchar su palabra, celebrar la eucaristía y recibir de él la misión. El obispo de Berlín habló en su catedral con la asamblea, casi de forma confidencial, para dar las gracias a los profesores y profesoras de religión que se jubilaban y dar la misión a otros nuevos, reunidos en el coro. Era como si estuviésemos en el buen camino; pero ¡qué rigidez la de otros muchos que rodeaban el altar!
En todo caso la vivienda de la calle Naunyn en Kreuzberg es un lugar de esperanza. Nos recuerda que hay muchos otros lugares similares. Nos recuerda que el Espíritu está actuando en todo esfuerzo auténtico por anudar lazos entre las personas. El afán de crear justicia y fraternidad requiere a veces también acciones públicas fuertes, como ha ocurrido en el pasado y aun hoy se sigue viendo en la plegaria pública interreligiosa por la paz junto al mercado de Gendarmen o en la oración por los presos ante las prisiones. En la fe en los hombres y en el amor auténtico a ellos se reconoce, como fundamento subyaciente, la obra del Espíritu.
Fue un regalo descubrir esto y poderse alimentar de ello.
18 de noviembre de 2003 Jean Lecuit SJ
Querido Christian:
Pax Christi.
Me alegré mucho con tu e-mail. Como ya te conté una vez, tuve en la calle Naunyn una experiencia muy especial. Sencillamente: se me hizo patente, como ser humano y como compañero de Jesús, que es posible construir una comunidad de vida en el sentido del evangelio vivo. Limitarse a predicar su buena noticia no basta. Al principio fue para mí una gran sorpresa poder conocer una comunidad jesuita de ese estilo. Es decir, no sólo una comunidad que vive en un barrio determinado ( y me acuerdo de que sobre "La puerta del infierno"), sino además una comunidad de vida que funciona bien y está abierta a todo tipo de personas. La experiencia me ha causado una honda impresión. Al principio pensaba: esto va a resultar demasiado artificial, o un poco excesivamente apretado, o algo parecido. Compartir la habitación con otros, comer juntos lo que haya, confiarse entre gentes que se han conocido en la comunidad.
Viví en la calle Naunyn del 29.09 al 14.10.2001 y aprendí mucho de Michael, Faruck, el H. Franz y otros muchos. Observé que cada cual llegaba a la calle Naunyn con su problema. El mío era hacer los Ejercicios anuales, después de haber tenido un stress tan terrible a causa del fracaso de mi examen de alemán y del consiguiente peligro que me amenazaba respecto a mis estudios de teología. ¿Qué es lo que yo ansiaba? Volver a hallar tranquilidad interna, buscar y encontrar a Dios con el que vinculo la palabra "atención, reverencia". Atención a que está ahí, en mí, en mi mala experiencia con el examen de lengua, en esa comunidad, en mi entorno, en la calle –en medio de los drogadictos, los alcohólicos, los sin techo- en la cocina, en el lavadero, entre los pobres con quienes de vez en cuando pude compartir la sopa de las Hermanas de M.Teresa. En la calle Naunyn pude dar por primera vez un paso bajo el lema "pasar con Jesús las fronteras". El lugar de encuentro más allá de mis fronteras católicas era la mezquita. Por vez primera hice meditación en una mezquita, seguro de encontrar a Dios entre los musulmanes. Tampoco sabía que un no-musulmán podía penetrar en una mezquita y orar.
Una historia que me mantiene aún vinculado a la calle Naunyn es mi encuento con Lean, un africano de Camerún. Cuando le conté que clase de casa es y cómo se puede encontrar en ella una comunidad de amor y una vida muy sencilla, fue también a la comunidad con sus problemas Juntos rezamos y enseguida conoció al resto de los habitantes y así empezó para él. Tuve una buena sorpresa al saber que Jean se cambió luego a esa vivienda y comenzó desde allí una nueva vida. Oí que incluso encontró una compañera en el piso 2º.
¡Te deseo a ti y a toda la comunidad de vida felices navidades y un año nuevo lleno de bendiciones.
Joyeux Noël et bonne année 2003.
Modeste Modekamba desde el Congo
P.D.: ¿Cómo me enteré de la calle Naunyn? Cuando buscaba un sitio donde hacer Ejercicios, un joven jesuita de Vietnam, Hieu, me contó lo hermosa que había sido su experiencia en Kreuzberg. No vacilén en viajar ellí. En mi vida como jesuita he vivido esa época como textimonio explícito del seguimiento de Cristo. Pienso que así andaban los primeros compañeros de Jesús en torno a Ignacio, con los Ejercicios como instrumento.
Sebastian Watzek Christian Herwartz - "Ejercicios en la calle"
En los últimos, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio van mostrando su potencialidad en ámbitos y con métodos muy diferentes de los tradicionales. Este libro "Descalzos - Ejercicios en la calle" nos va descubriendo paso a paso, al hilo del itinerario personal de su autor, Christian Herwartz, jesuita y sacerdote obrero, cómo se ha ido haciendo realidad una singular experiencia, los "Ejercicios en la calle", nacida en el entorno de una pequeña comunidad de jesuitas y no jesuitas en Kreuzberg (Berlín) y extendida hoy por diversas ciudades de Europa central. El trabajo y la vida de Christian han ido modelando su experiencia espiritual hacia una profunda valoración de la dignidad sagrada de cada persona, sea cual sea su estigma social, que llama a "descalzarse" ante ella y a aproximarse "a pie desnudo". En el trato con las personas, que sufren con frecuencia la injusticia y se ven marginados por la sociedad dominante, nos damos cuenta de los prejuicios con respecto a otras culturas y religiones que prevalecen no sólo en la sociedad sino también en nostros mismos. La pregunta de cuánto ama Dios a estas personas inicialmente extrañas a nosotros, se convierte en la clave de nuestro encuentro con Dios. Dios se las arregla para encontrar el camino que le lleva a cada hombre y mujer. El mismo nos invita a acompañarle en ese camino. "Descálzate, porque el suelo que pisas es sagrado" (Ex 3,5). El autor contempla esta experiencia como un impulso ignaciano que permite probar nuevos caminos, desembarazarse de prejuicios, tener una manera más precisa de mirar, no sólo la inteligencia, sino también con los sentimientos y con todas nuestras potencias, y así, como diría San Ignacio, "gustar la realidad". Las conclusiones que de ahí resultan se convierten en estímulos para una vida abierta y libre de miedos.
Christian Herwartz Comunidad junto al camino
Las declaraciones de la Congregación General 32 sobre el compromiso conjunto por la fe y la justicia abrieron el camino a la fundación de nuestra comunidad. Después de mis estudios en Alemania fui enviado, en otoño de 1975, a una comunidad jesuita de sacerdotes obreros en Francia. Trabajé en varias empresas como conductor, encargado de prensado y, después de una formación específica, como tornero. Más tarde siguió mis pasos un compañero alemán: Michael Walzer. Él trabajó en un almacén de pieles. Con él fundé tres años después en Berlín oeste nuestra pequeña comunidad y los dos encontramos trabajo en la industria eléctrica.
Una doble incorporación
Como obreros queríamos vivir la inculturación en nuestro contexto de trabajo, pero también deseábamos estar abiertos a personas con necesidades materiales más graves. Por eso nos mudamos, dentro de Berlín oeste, al barrio de Kreuzberg, una zona en la que viven muchas personas procedentes de Turquía y muchos parados. Otros se han visto empujados a los márgenes de la sociedad a causa de su avanzada edad o debido a infortunios de la vida. A esto se unen artistas y activistas políticos de izquierdas y de democracia de base.
La comunidad creció. El primer año se añadió un jesuita húngaro, que después se trasladaría a Colombia para vivir con los niños de la calle. Durante mucho tiempo fue miembro de nuestra comunidad. Luego se unieron a la comunidad personas del barrio. El tercer año nos enviaron a Franz Keller, un hermano jesuita suizo, quien a sus 55 años todavía encontró trabajo en la industria eléctrica. Hoy tiene 83 años, y durante mucho tiempo él y yo fuimos los únicos jesuitas en la comunidad. Michael Walzer murió en 1987 de un tumor cerebral. En esa época éramos cinco jesuitas y se abrían las puertas de la comunidad. En los 30 años siguientes vivieron aquí, en un espacio reducidísimo, unas 400 personas procedentes de 61 países. Llamaron a nuestra puerta en situaciones vitales muy diferentes y nosotros, cada vez, poníamos un colchón más, para que hubiera sitio para todos. Se encontraban sin techo por diversas razones: enfermos, refugiados, aventureros, parados, personas que habían salido de la cárcel o del hospital; otras veces a causa de cambios en la vida, e incluso por motivos religiosos. Así la comunidad se convirtió poco a poco en un albergue de peregrinos, en el que algunos permanecieron más de 10 años, hasta que se les hizo claro un ulterior paso en la vida. Otros se fueron más rápido. Nuestro piso de alquiler se convirtió en un lugar en el que practicar la hospitalidad en un marco internacional. Vivíamos cerca del muro que dividía la ciudad en este y oeste. Los contactos con personas más allá de esa frontera eran muy importantes para nosotros.
La riqueza de cada uno
En 1987 me invitaron a un encuentro internacional de jesuitas en Francia sobre el tema "Convivir con musulmanes". Allí me quedó claro lo siguiente: no sólo vivo con personas que tienen carencias (falta de patria, de salud, de dominio de la lengua, de un puesto de trabajo o de relaciones) sino, lo que es mucho más importante, vivo con personas que llevan consigo una riqueza. Puedo convivir con personas de diferentes religiones, lenguas, perspectivas de vida. Como en el trabajo, también en la comunidad el aspecto asistencial había pasado a un segundo plano y el descubrimiento de la dignidad de cada uno estaba en el primero. En conjunto, mi vida en el trabajo y en el barrio la he vivido como un camino de encarnación. En la alegría que viene de ahí han sido posibles muchos cambios.
La comunidad mundial
Los contactos internacionales son un aspecto importante de la comunidad, y dentro de ellos, también los contactos con otros jesuitas de todo el mundo. Por eso no es de extrañar que los textos de la Congregación General 34 frecuentemente confirmen nuestra búsqueda y fomenten otros desarrollos. Aquí entran, por ejemplo, las orientaciones en la dirección de la inculturación y el diálogo interreligioso, pero también el decreto sobre la situación de las mujeres y la especial atención a las personas procedentes de África que viven entre nosotros. En medio del racismo de nuestro país ellos son un gran regalo.
Oraciones políticas
Junto con otras personas del grupo "Religiosos contra la exclusión", hace catorce años comenzamos a tener regularmente una oración delante de la cárcel donde están internadas personas sin ninguna sospecha criminal, únicamente porque deben ser expulsados a otros países. Como berlineses tenemos dolorosas experiencias de separación y de muros. Estamos indignados por esta privación de libertad. Por eso nos ponemos regularmente delante del muro de la prisión, que para nosotros es una parte del muro que rodea a Europa o a otros países, como Estados Unidos. En la oración pasamos por encima de las fronteras y nuestra vida puede ensancharse.
Hace 6 años empezamos una oración interreligiosa por la paz con musulmanes, hindúes, budistas, personas sin religión, y esporádicamente personas de otras religiones, para la cual nos reunimos una vez al mes en una gran plaza en medio de la ciudad.
Ejercicios en la calle
La oración personal en el lugar de trabajo y la oración comunitaria ante la prisión nos han marcado el camino para percibir los ejercicios ignacianos de una manera nueva. De modo muy sorprendente para nosotros, en el año 2000 se nos pidió que ofreciéramos "ejercicios en la calle". Esta petición cambió nuestra vida. Las experiencias de la primera tanda de ejercicios fueron presentadas en el anuario de la Compañía del año 2002 bajo el título "Buscar lugares de encuentro con Dios". Otras tandas tuvieron lugar en otras ciudades, en las que hicimos experiencias probablemente semejantes a las de Ignacio en Manresa. En esta forma de ejercicios, que no tienen lugar retirados en una casa silenciosa, sino en medio de la ciudad, hay sólo un punto de oración central: contamos la historia de Moisés, que un día conduce el rebaño que le ha sido confiado por la estepa y allí descubre una zarza que arde sin consumirse. Lleno de curiosidad, se dirige a ella y escucha que está en suelo sagrado y que debe quitarse las sandalias de la distancia. El fuego del amor, que arde sin consumirse, le descubre por primera vez algo conocido pero quizá dejado de lado: la miseria de su pueblo. La voz que viene de la zarza ardiente se dirige a Moisés por su nombre y le llama a su servicio para liberar al pueblo de la esclavitud (Ex 3).
En los ejercicios, los participantes dejan que se les muestre su "zarza", y con ella su propio lugar sagrado en el que quitarse, del modo más real posible, las sandalias del saberlo todo, de la huida precipitada o del desprecio de sí mismos. Lugares casuales y modestos; personas junto al camino; puntos ardientes históricos y sociales; el dolor de la propia historia vital…En muchos de estos lugares se deja oír la voz de Dios. Los participantes y los acompañantes se ven sorprendidos por los lugares de meditación que descubren y por los diálogos interiores y exteriores que allí se inician. La palabra "camino" del título quiere dirigir la atención hacia una búsqueda abierta de encuentro personal. El buscar y hallar a Dios en todos los encuentros corresponde a la experiencia básica de Ignacio.
Estos encuentros son los impulsos centrales para el proceso interior, ya sea en una tanda de 10 días o en unas pocas horas. Se trata de la experiencia directa del Resucitado en nuestro entorno y de la relación con el Espíritu Santo dentro de nosotros. En esta experiencia exterior e interior se desencadenan procesos de curación y se posibilitan decisiones. Los participantes cuentan a continuación, como testigos autorizados, sus historias bíblicas del presente. Vienen de diferentes ámbitos vitales y grupos religiosos, o de una vida ajena a la Iglesia.
Algunos ejercitantes se alojan en nuestro piso. A otros les ofrecemos tandas de ejercicios gratuitas en lugares sencillos. Hay información en varias lenguas en www.con-spiration.de/exerzitien
El ritmo de vida común
Hoy día duermen en nuestro piso una media de dieciséis personas, cuatro de ellos jesuitas. Cuántos tienen aquí su centro vital, es decir, "viven con nosotros" según sus propias palabras, eso no lo sé. Siempre me asombra ver con quiénes puedo convivir y quiénes se sienten, de un modo u otro, pertenecientes a la comunidad.
Para los que viven aquí, hay todos los martes una cena y una charla sobre los acontecimientos de la última semana. Cada cual cuenta qué impactos han sido importantes. Después de escucharnos durante un par de horas celebramos la misa en la misma mesa. Los textos bíblicos del día nos permiten ver de nuevas formas los acontecimientos de la semana. Además de esta "liturgia" que dura más o menos cuatro horas - cena, intercambio, eucaristía -, hay también todos los sábados un gran desayuno igual de largo, al que van llegando poco a poco hasta 40 personas. Cada uno trae consigo temas, sobre los que conversamos. Al ritmo de estas dos comidas vive la comunidad, en camino con todos los residentes a los que puede albergar y con su mundo.
Una vida sin planificación
No hay ningún plan para limpiar o fregar, ningún plan de recibimiento o de asesoramiento, pero sí una gran confianza en la guía de Dios y la esperanza de percibir sus impulsos incluso en medio de situaciones dolorosas. Hacemos experiencias de tipo anárquico, que se basan en la valoración de cada individuo. Después de la peregrinación de Israel por el desierto los profetas se opusieron a nombrar reyes (Jc 9). También Jesús se opuso a las estructuras de dominio, que diariamente excluyen a muchas personas. "Los reyes dominan sobre sus pueblos y los poderosos se hacen llamar bienhechores. ¡Pero no sea así entre vosotros!" (Lc 22, 25ss). Descubrimos de nuevo la esperanza común de todos los seres humanos. A esta libertad nos empujan especialmente las personas "sin papeles" que viven en nuestra sociedad que deben ser cerca de 100.000 en Berlín, y se calcula que un millón en Alemania. Viven en medio de nosotros con una falta de seguridad que nos desafía. La confianza de estas personas es una luz que descubrir de nuevo una y otra vez. A veces vamos a visitar a estos enviados de Dios venidos de casi todos los países del mundo. Entonces es un día de fiesta en medio de las migraciones globales que nuestro mundo provoca. No pasar por alto este día de fiesta, celebrarlo de un modo u otro, es un paso en el camino de la vida con todas las personas del mundo, de las que ellos, en su miseria, dan testimonio. El estar arraigados en estas personas y con ello en el Dios hecho hombre es la fuerza unificadora de nuestra comunidad, que para nosotros es imposible de planificar y a la que queremos dejar las puertas abiertas.
Nada de ayuda profesional
La comunidad vive en un contexto desafiante desde el punto de vista político, interreligioso y ecuménico. No se ha especializado en un tema sobre el que pueda pretender tener una competencia social particular. La ayuda profesional debe buscarse en otros lugares. Hay personas de características muy diferentes, con las que descubrimos la comunidad y la amistad. En ello encontramos muchas dependencias y descubrimos diferentes actitudes de adicción. No volverse adictos de las relaciones de amistad es un gran desafío. No queremos que las gafas de la adicción nos bloqueen la mirada a la realidad; queremos encontrar cada uno nuestros propios "sí" y "no", o aquello a lo que renunciamos y en lo que creemos, como en la liturgia bautismal. Nosotros mismos estamos entretejidos de adicciones: estamos metidos con muchos otros en la adicción capitalista a conseguir más dinero. También la adicción clerical en comunidades de carácter religioso - da igual cuál sea su visión del mundo - bloquea la mirada a la realidad por medio del legalismo. En el campo de la moral sexual los principios se vuelven más importantes que la mirada misericordiosa a las personas implicadas. Estas se ven sumidas, a causa de ello, en situaciones angustiosas. Estamos invitados a dar un paso en el camino de la unión con Dios y de la libertad que él nos regala. La alegría agradecida que surge cuando los malos espíritus se debilitan y aparece la reconciliación es inconmensurable.
Resumiendo
Como conclusión debería dar una definición de nuestra "comunidad de inserción", que lleva el nombre de nuestra calle: Naunynstraße 60. Para mí la comunidad se ha convertido en un albergue de peregrinos, lleno a rebosar y sin embargo tranquilo, en el que se practica la hospitalidad en medio de una sociedad que introduce continuamente nuevas técnicas de control y de vigilancia y en la que las comunidades eclesiales tradicionales pierden significado. Nuestra comunidad se arraiga en el encuentro con las personas en un entorno cercano, en un contexto universal, y además en la realidad de Dios, que en todo quiere sorprendernos.
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